Francisco

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El Naufrago II. Cerrando Circulos

In El Náufrago on 25 julio, 2007 at 2:05

Mar….

Un inmenso y tranquilo azul a mi alrededor. Arriba con tonos de un añil claro y con penachos de algodón que simulan nubes. Por debajo de mi, un azul oscuro profundo con tornasoles verdosos y violetas.

En la cúpula celeste, observando en la distancia y regalándome su calor y luz me sonríe el Hermano Sol.

Me siento en Paz con el Universo, nada importan los naufragios ni las tempestades terribles que he sorteado en este navegar. Ahora solo importa la brisa que me acaricia el rostro, que hincha mi vela con determinación y que me empuja hacia la línea que delimita el dominio del cielo y el mar.

Salí de mi Isla hace algún tiempo. Dejando atrás el estanque de las libélulas azules. Metiendo en mi bolsita de viaje, únicamente el amor, la esperanza y tu sonrisa. ¡Qué poco pesa este equipaje, aunque esté cargado de millones de centellas que escriben tu nombre, aunque haya un millón de amaneceres que me recuerden tu voz y tus manos! Aquí guardo todos los instantes pasados con las personas que me han calado a través de mi Vida. Aquí guardo la memoria de los que ya no están, aunque sienta que siempre me acompañan.

Surcando este mar infinito, otras velas se han cruzado con la mía. He compartido con otros navegantes lo poco que tenía. Algunos conocían el secreto del fuego del Amor Eterno. Otros me han enseñado a leer en las estrellas. Unos pocos han pasado a mi lado sin detenerse siquiera. A veces he sido yo, el que no he querido detenerme y he perdido la oportunidad de aprender algo nuevo.

Un día observé en lontananza una isla minúscula, con una arena dorada y palmeras preñadas de dátiles. Me di cuenta de que el arco iris parecía brotar de ella y sentí un deseo inmenso de fondear en su playa.

Alguien me hacía señas con su mano y me puse en guardia. Recordé la mala experiencia con aquel náufrago que no entendía mi idioma, pensé que otra vez podía pasar lo mismo, así que desembarqué con precaución.

Pero no era así.

Me recibió con los brazos abiertos y una sonrisa colgada en su cara. En la arena había encendido una hoguera…me di cuenta de que había yesca de amor eterno. En aquellas brasas preparó un pez para que yo me repusiese. No hacía falta hablar, nos entendíamos perfectamente. Por la noche me enseñó que cada constelación tenía un nombre, que cada estrella guardaba una historia y que se puede navegar por el firmamento igual que lo hacemos por el océano.

Me sentía en casa. Aquella isla era pequeña, pero tenía todo lo que yo buscaba y nunca me había sentido tan acompañado. Jamás había entendido lo que era comulgar en espíritu con el Creador. Todo aquello estaba allí para mi deleite. El Sol salía cada mañana por mí, la Luna me iluminaba por la Noche, la Lluvia me refrescaba cuando lo necesitaba. No quería volver a Navegar nunca más.

Ese era mi sitio…

Pero un día al despertarme, me di cuenta de que el Náufrago había muerto.

Recogí de su pecho el calor que quedaba y lo guardé en mi bolsa. Luego busqué el sitio más bonito y le enterré al pie de una palmera junto al manantial en el que tantas veces habíamos bebido juntos.

No sabía qué hacer. Deambulé durante semanas por la isla yo solo. Sentía que tenía que marcharme, pero no tenía fuerzas. Me acordaba de todo lo que me había enseñado y los momentos de felicidad pasados allí y me sentí atado a aquella playa, a esas palmeras y al recuerdo de mi amigo.

Una mañana mientras pescaba dentro del agua, observé con espanto una gigantesca aleta gris cerca de mí. Salí a toda velocidad del mar justo a tiempo para escapar de unas fauces descomunales. Un gran tiburón blanco merodeaba por mi playa, jamás lo había visto antes.

Pasaron los días y observé que el tiburón no se marchaba de allí. Patrullaba la isla como si estuviera esperando algo.  

Sin embargo y a pesar de este nuevo peligro, decidí partir. La isla estaba demasiado cargada de recuerdos y el peso del pasado no me dejaba respirar. Tenía que buscar un horizonte nuevo. Así que monté en mi barquito y enfilé hacia el mar abierto.

No había viento y necesitaba toda la fuerza posible para vencer la corriente provocada por las olas que morían en la playa. De pronto, le vi surgir detrás de mí. El Gran Blanco se aproximaba a toda velocidad, con su boca abierta, amenazando con tragarme de un solo bocado. No podía huir, estaba parado luchando contra la resaca de las olas. No tenía escapatoria, así que decidí enfrentarlo  y mirar a mi enemigo cara a cara.

De pronto, justo cuando iba a engullirme, observé que el monstruo me guiñaba un ojo y que empujaba mi embarcación con delicadeza pero con una descomunal fuerza. Aquel impulso fue el suficiente para vencer la corriente y al entrar en el océano el aire hinchó mi vela y navegué a toda velocidad.

Me volví hacia atrás, la isla se perdía en el horizonte. Aún me dio tiempo para descubrir que los rescoldos de la hoguera se extinguían en la distancia.

De pronto sentí una tristeza profunda y me llené de melancolía. ¿Por qué me iba si allí dejaba todo aquello que me había hecho feliz? ¿Este navegar no acabará nunca?

Y entonces me di cuenta…en el borde del Mar se pintaba otro arco iris.

 

Así es la Vida. Llena de Historias pequeñas que hacen una Historia Grande. Tenemos relaciones que nos llenan y que nos hacen felices, pero a veces se acaban y continuamos anclados al pasado, a situaciones rancias y caducas que nos inundan de angustia, que no nos aportan nada, que impiden que crezcamos como personas.

Preferimos vivir del recuerdo sin pensar que somos seres del presente. Nuestra misión es buscar la felicidad, aun aceptando que en esta búsqueda podamos encontrar el fracaso y la desesperación. Las Tristezas no duran siempre, pero cuando sufrimos no nos damos cuenta de ello. Cuando una oportunidad acaba, al momento se nos está presentando otra. Solo tienes que tener los ojos abiertos para leer las indicaciones de la Providencia.

En la Vida es importante Cerrar Círculos. Enterrar lo que ha muerto. De otro modo siempre estaremos cometiendo el mismo error. Hay que abrir las ventanas para acabar con el hastío, con la pereza, con el miedo, con el desencanto, con la frustración. Hay que dejar que el Aire vivifique y renueve lo marchito y sobre todo, jamás hay que perder la ESPERANZA

A veces nuestros miedos más grandes son como el Tiburón del cuento. Solo sirven para impedirnos avanzar, pero en el momento en el que decidimos hacerles frente desaparecen y en muchas ocasiones, sirven de impulso para seguir adelante.

Cada día tenemos una oportunidad nueva de cambiar todo aquello que nos hace infelices. No te recrees en el Dolor, no mires hacia atrás pensando que aquella isla que dejaste es lo mejor que te pasó. No te recrimines en exceso por los errores cometidos, por el daño causado por tu ignorancia, porque crees que pudiste hacer mejor las cosas y sin embargo fracasaste. Todos esos desastres te han llevado a ser lo que ahora eres y cada día tienes la oportunidad de HACER todo NUEVO.

Lo Mejor, amigo Caminante, siempre está por llegar.

 

Francisco Muñoz

  

 

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